-...No me importa, alguna excusa sacaré.- Le dije a regañadientes.
-¿Y si se da cuenta?
-¡Vamos! Así nos viera en sus narices, no lo creería. De no ser así habría hecho caso de las habladurías.
-¿En mi casa?- Dijo al fin aceptando.
-¿Donde más?
El viaje era largo, aun más tratándose de lo que los dos queriamos hacer y nos limitabamos a negar, detrás de una excusa de trabajo grupal de cálculo y lecciones de guitarra.
Yo tenía novio hacia poco mas de dos meses, pero llevando menos de uno, él y yo nos conectamos y ya no pudimos separarnos. Todo era a escondidas al principio, pero luego fui más descarada y eso me encantaba.
-¿Vas a mostrarme como tocas... la guitarra?- le dije entre risas picaras. Él se puso nervioso, era un niño y digamos que yo ya sabia un par de cosas, pero a final de cuentas éramos igual de torpes e inocentes.
-Vale.- no inmutó una sonrisa, por un momento pensé que se ofendió.
Después de un rato de tontear aquí y alla, me reconsté en su cama y le invité a acompañarme. El se recostó a mi espalda y me abrazó con ternura. De por sí ese hombre el muy dulce. Yo giré y le besé despacio, a ver si con eso lograba que entendiera a qué iba.
Después de unos dulces y torpes intentos, él fue entendiendo el arte, y yo me sentía la mujer más especial.
Estaba sobre mi, apoyado en sus brazos, tal vez para no hacerme peso, mientras me besaba descubrió mis pechos...¡wow! ¿Se puede imaginar unas manos más expertas y excitantes que las de un guitarrista? Poco a poco esa mano libre se escabullo con algo de inexperiencia en mi pantalón, pero esa inexperiencia le hacia moverse con lentitud, con calma, haciéndome sentir cosas que no conocía. Su sonrisa nerviosa me hacia pensar que sentía lo mismo.
Luego yo me cabalgué sobre él, moviéndome lentamente, disfrutando esas caras de placer reprimido, cómo intentaba jalarme hacia él para disimular sus gemidos. Sentí cómo sus piernas temblaban, sus músculos se tensaban y sus embestidas eran más lentas pero con más fuerza. Palpé sus entre pierna y sentí sus jeans empapados.
Después de un rato de juegos y besos, me recosté sobre su abdomen, dándole la espalda, y me quedé mirando asombrada su pene erecto. ¡ Llevábamos horas y seguía tan firme! Me sentí frustrada y entonces rompí una de mis dulces promesas de la pre-adolescencia: ''jamás me meteré una cosa de esas a la boca''. Bajé despacio, a besitos por ese caminito de bellos organizados que apuntan a su paraíso, rocé mis labios contra su glande.
- ¿Qué haces? - Dijo entre asustado y excitado - no no no no ¡para!.
-¿Seguro quieres que pare?- Le dije con una sonrisa. Él no respondió, al parecer estaba ahogado en la situación.
Primero saboreé la punta, nada desagradable para todo lo que dicen. Sabía a él. Sabía a esas ganas, a ese amor, a esa pasión que florecía. A medida que su miembro entraba a mi boca, sentía como entre mis piernas se hacia una laguna y él me tomaba del cabello para acelerar mi ritmo. Yo sentí cómo un orgasmo me atravesaba el vientre con solo verlo retorcer.
Al terminar, se subió a mi y me pidió hacer lo mismo conmigo. Me negué un par de veces, pero sentirlo deslizarse por mi ombligo era un rotundo ''¡NO PARES!''. En menos de nada apretó mis piernas sobre sus hombros, y su cabeza se hundió entre ellas y... no supe más. Cada vez que su lengua rozaba ese punto de placer, esa deliciosa tortura me hacia estremecer.
-¡ Déjame descansar, Caray! - dije jadeandole al oido - Pero no estuvo mal... nada mal.
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